Ventajas comparativas, distorsiones y eficiencia

El célebre economista inglés David Ricardo acuñó hace cerca de doscientos años el concepto de “ventaja comparativa”. Desde entonces hasta ahora ese concepto ha sido la línea directriz en el enfoque del comercio internacional y es, en particular, la matriz ideológica del GATT (Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio) y de la actual OMC (Organización Mundial del Comercio). Vale la pena, pues, detenerse en un breve análisis de este concepto, dada su relevancia en la política comercial externa y sus consecuencias sobre la producción.

De acuerdo con esta doctrina, cuando dos países se abren al comercio recíproco (lo mismo vale para cualquier país o región que se abre al comercio internacional) y sus producciones tienen precios diferentes, a ambos les convendrá especializarse en las producciones en las que es mayor su ventaja de costo respecto del otro; es decir, a ambos les convendrá especializarse en la producción de aquellos bienes para los que tengan “ventaja comparativa”. De este modo, reza la teoría, ambos se beneficiarán, puesto que obtendrán ganancias por vía del comercio.Industria Textil S XIX

Imagen de la Industria Textil del Siglo XIX

Utilicemos un recurso habitual de los economistas y – abrelatas en mano – supongamos dos países A y B, que producen, ambos, telas y jugos de frutas. El costo de producir telas – en términos de horas hombre – en los dos países es el mismo, pero la producción de jugos en B es más costosa que en A.

Si los países A y B deciden comerciar entre sí, cabe preguntarse acerca de cuál va a ser el patrón del comercio recíproco. De acuerdo con la doctrina, puesto que el país A tiene menores costos en la producción de jugos, tendrá ventaja en el comercio de este producto. En consecuencia, el país B será “relativamente más eficiente”, en la fabricación de telas respecto de la elaboración de jugos. Es decir, enfrentadas la relación de productividades de ambos países, digamos telas versus jugos, esta relación es favorable al país B en tanto que la relación jugos versus telas es favorable al país A. El resultado de ello es que al país A le convendrá especializarse en la producción de jugos y exportarlos a B, del que importará telas a un precio relativamente más económico en relación con la elaboración de jugos.

De aquí que, aunque en términos absolutos ambos países sean igualmente eficientes en la fabricación de telas, en el país A esta industria aparecerá como ineficiente frente a su similar de B, porque será más costosa en términos de unidades de jugo, dado que el costo de éstos es menor. Esta aparente paradoja de la ventaja comparativa es lo que el Ing. Marcelo Diamand ha caracterizado, con su proverbial agudeza, como “ilusión de ineficiencia”. La ineficiencia textil del país A es una ilusión, proveniente de una relación de productividades que le resulta adversa y que no está en sus manos corregir.

Nos preguntamos: ¿Ello implica que al país A le conviene prescindir de su industria textil?

Existen otras disparidades relevantes en la dotación de factores y recursos y en las políticas públicas de los países. Estas asimetrías producen efectos sensibles sobre los flujos comerciales entre los mismos. Una de ellas es el costo de la mano de obra. Un país (digamos, el país B) con un costo de su fuerza laboral sensiblemente menor, capaz de compensar con ello eventualmente la menor productividad de su fuerza laboral, puede desplazar con sus exportaciones al país A la oferta doméstica de importantes áreas productivas de este último, por ejemplo la producción de telas.

Nos preguntamos: ¿Ello implica que al país A le conviene prescindir de su industria textil?

El grado de desarrollo global de una economía nacional involucra, para los distintos sectores productivos que la integran, importantes economías externas. Este último término se refiere a la incidencia en los costos de producción del hecho de contar con proveedores locales de máxima eficiencia. Desde luego que este factor de costos es incontrolable por parte de cada uno de los sectores productivos integrantes de una economía, individualmente considerados, por ejemplo la fabricación de telas en el país A.

Nos preguntamos: ¿Ello implica que al país A le conviene prescindir de su industria textil?

Es sabido que muchos países emplean diversos mecanismos (como subsidios, exenciones, etc.) para tornar más competitivas sus exportaciones. A su vez, algunos sectores importadores emplean distintos subterfugios para hacer más competitivas sus importaciones, como es el caso de la subfacturación. Es así que en el país A – digamos – una combinación de mecanismos utilizados por los países que le exportan y por los sectores importadores domésticos, combinación que habitualmente adquiere la forma del dúmping, es capaz de desplazar a importantes áreas productivas domésticas.

Nos preguntamos: ¿Ello implica que al país A le conviene prescindir de su industria textil?

Los casos que acabamos de puntualizar constituyen, según nuestro parecer, las distorsiones más habituales en el comercio internacional. Sin embargo, estas distorsiones no le parecen tales a cierto sector de profesionales, para el cual las múltiples y crecientes complejidades atinentes a la producción de bienes son hechas a un lado en la temática de la economía.

Valga la ilustración siguiente. Algún profesional de cierta nota en nuestro país ha argumentado que el dúmping beneficia a los consumidores. Su único inconveniente radicaría, según este autor, en la posibilidad de desembocar en prácticas monopólicas una vez que el dúmping haya consumado su objetivo de destruir a la industria competidora en el país importador. De allí que, sostiene el opinante, recién al tener lugar las previsibles prácticas monopólicas cabría atacar al dúmping, “pero no antes” (sic).

Ventajas comparativas, costo laboral, nivel de desarrollo económico y competencia desleal conforman un cóctel desequilibrante de un comercio internacional sano, que excede largamente el plano textil, para abarcar a prácticamente todas las industrias maduras y, con virulencia en aumento, a sectores nuevos como la informática y las telecomunicaciones. Sus efectos nocivos se manifiestan de manera errática y convulsiva pero con creciente nitidez en el mundo de hoy, gobernado por una ideología que benefició a los poderosos de antaño pero que ahora, reducidos los mecanismos de la supuesta transición al libre comercio internacional irrestricto, se está volviendo en su contra.

Existe el claro peligro de que la ausencia de una revisión sensata a nivel global de las normas del comercio sano, dañen severamente la convivencia mundial y acreciente la prevalencia del poder por encima de la equidad y la justicia.

Nuestro país debe procurar preservar al máximo los grados de libertad en su política comercial externa, para que esa política rinda los frutos que en las economías abiertas tiene la potencialidad de proporcionar, en términos de desarrollo económico y bienestar. La política comercial externa es particularmente decisiva hoy, tanto en el plano regional – donde existen importantes cuestiones irresueltas – como en la relación con extrazona. Preservar un marco de competencia equitativa y leal con la oferta externa es una condición de primera importancia para que nuestro país pueda aspirar a que la recuperación económica lograda dé lugar a un intenso y prolongado proceso de inversión, capaz de sostener el necesario ritmo de crecimiento sostenido. La temática de la política comercial externa comprende tanto las negociaciones que se llevan – o pueden llevarse – a cabo en ambos planos de nuestro comercio exterior, como a la clara orientación, la justeza y la celeridad en la aplicación de las normas y la legislación vigentes en el plano interno.

Lic. Emilio O. Colombo

Editorial Revista BASE TEXTIL Nº 145

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~ por chulavistadigital en 8 junio 2009.

Una respuesta to “Ventajas comparativas, distorsiones y eficiencia”

  1. ps si esta bien no?????

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