En busca de una mejora de la trama textil argentina


Lic. Bernardo KOSACOFF (CEPAL)
Lic. Bernardo KOSACOFF
Una política pública para el sector debería tener como objetivo el paulatino replanteo de su competitividad sobre la base de mejoras sustantivas de la trama textil en su conjunto

El Complejo Textil Argentino (CTA), incluido el sector de indumentaria, atravesó durante la mayor parte de la década de los noventa y los comienzos del nuevo milenio por su mayor crisis en más de 50 años. Unos pocos indicadores bastan para reflejar la magnitud de la caída: entre los años 1993 y 2001, el valor agregado de los sectores de hilado y tejido se contrajo 38%, el consumo aparente 37%, el número de obreros ocupados 42%, las horas trabajadas 52% y los salarios reales 30%. Idénticos indicadores correspondientes al sector de indumentaria exhiben,

respectivamente, los siguientes valores: el valor agregado cayó 37%, la demanda interna 36%, el empleo 51%, las horas trabajadas 45% y el salario real 20%. Al mismo tiempo, en ese mismo período, el saldo del comercio exterior registró un déficit acumulado de 3.163 millones de dólares en productos textiles y 1.081 millones en indumentaria. Este proceso de involución registrado a nivel macro-sectorial fue causa y efecto, a la vez, de la ruptura y desestructuración de la red productiva y la desaparición de un elevado número de establecimientos y empresas. Si bien durante este período las exportaciones contribuyeron positivamente a la evolución sectorial, tanto el proceso de de-sustitución de importaciones como la variación de la demanda interna jugaron un papel negativo, convirtiéndose en los factores esenciales de la declinación del CTA hasta el 2001.

Durante la década de los noventa y la crisis que prologó y sucedió al colapso del régimen de la Convertibilidad, las estrategias de ajuste a las condiciones imperantes en el entorno macroeconómico y sectorial que predominaron dentro del CTA fueron i) la reducción y racionalización de la capacidad instalada y ii) el desplazamiento – dentro de las posibilidades efectivas de cada subsector o etapa – hacia gamas productivas menos transables o más altas, en la búsqueda de condiciones y precios más remunerativos. Paralelamente, y como parte esencial del proceso de disminución de costos y afianzamiento de la posición competitiva en el mercado interno, el CTA fue incorporando un creciente componente de “informalización” laboral, previsional y fiscal; la difusión de esta tendencia fue claramente desigual a nivel de subsectores o empresas, en la medida que han estado sometidos a marcos regulatorios específicos de diferente rigidez o permeabilidad. Del mismo modo, el creciente componente importado de las funciones de producción y oferta respondió tanto a la lógica de los precios relativos predominantes, como a las “perforaciones” permitidas sobre las condiciones de acceso al mercado local. Por lo tanto, un régimen de competencia predatoria acompañó, paradójicamente, al intento del CTA de diversificar su oferta y mejorar el nivel de calidad de los productos.

El colapso del régimen de convertibilidad dio pie a un fuerte cambio en los precios relativos a favor de los bienes comercializables internacionalmente y a un importante abaratamiento, en términos internacionales, del costo laboral y de las tarifas de los servicios públicos, instalando incentivos para la sustitución de importaciones y la expansión de las exportaciones de los productos manufacturados. Aún en un contexto inicial de mayor recesión en el consumo doméstico, el CTA reaccionó positivamente durante el año 2002, en una dirección acorde con esos estímulos; en el 2003, la demanda y la producción local crecieron fuertemente, al tiempo que el proceso sustitutivo se debilitó y, en promedio, volvió a jugar un papel contractivo, siendo la expansión de la demanda interna la clave explicativa del crecimiento sectorial. Estas tendencias de crecimiento, aunque más moderadas, se mantienen durante el 2004 y parecen emerger algunos cuellos de botella en la producción; el incremento del PBI sectorial continúa apoyándose en la expansión del consumo interno, mientras que las exportaciones apenas contribuyen ligeramente a esa evolución y las importaciones vuelven a desplazar a importantes segmentos de la oferta local.

Con todo, el conjunto del CTA ha respondido a la nueva configuración de precios relativos con que la economía argentina salió del régimen de convertibilidad y a la reactivación del consumo que sucedió a la estabilización relativa de la situación macroeconómica con un fuerte aumento de sus niveles de producción; inclusive, en algunas líneas se habría alcanzado ya a saturar la capacidad disponible. Obviamente, aquella historia de ajuste previo condiciona la naturaleza y las posibilidades de respuesta de cada uno de los diversos segmentos y actores; al mismo tiempo, estas diferentes perspectivas y posicionamientos obedecen también a algunos factores estructurales y endógenos (intensidad factorial, atributos competitivos, orientación de mercado) y a otros de carácter más coyuntural o exógenos (nivel de capacidad ociosa, presión de importaciones, situación de Brasil). Esta combinación de historia reciente y condicionantes actuales, sumada a la influencia de algunas regulaciones que afectan específicamente al sector, determinan el tipo de ventaja (desventaja) competitiva que caracteriza a cada etapa y, en menor medida (ya que es necesario atender a la “subjetividad” empresarial), su respectiva modalidad de ajuste.

Se ha insistido a lo largo del documento en que las posibilidades de crecimiento del CTA se vinculan estrechamente con la necesidad de ampliar y renovar el aparato productivo, de desarrollar una creciente articulación especializada entre las diferentes etapas y de sustentar esos procesos en el mediano y largo plazo. Esta perspectiva es crucial, no sólo para proyectar un aumento importante de las exportaciones, sino aún en la hipótesis (de hecho, la más firme) de que el mercado interno seguirá siendo el ámbito de realización principal y que éste, una vez que recupere los niveles de fines de los años noventa, probablemente sólo crezca a tasas vegetativas. Sin embargo, los márgenes de rentabilidad de la mayoría de las firmas del sector, recompuestos a la salida de la crisis recesiva en el 2002, tienden a reducirse junto con el debilitamiento de las señales macroeconómicas que los auparon hasta hace algunos meses, por lo que los incentivos para la reactivación del proceso de inversión aparecen difusos e insuficientes(1). Si a ello se le suma que la competencia proveniente del ámbito regional e internacional adquirirá, en lo inmediato, mayor agresividad, no es difícil concluir en que el CTA enfrenta una situación coyuntural caracterizada por importantes amenazas.

Al mismo tiempo, las condiciones internacionales que entornan al CTA instalan una perspectiva, por lo menos, preocupante. La concreción de la anunciada caducidad del ATV desatará un conjunto de efectos en cascada, acentuando la competencia en el mercado internacional, impulsando una caída en los precios internacionales de los productos textiles e instalando fuertes presiones para un desmantelamiento rápido de los sistemas de protección remanentes. Dentro de este contexto, y pasando por alto toda consideración sobre la gestión de los negociadores respectivos, el establecimiento de sendas áreas de libre comercio en las Américas y con la UE supone fundamentalmente un aumento de la presión competitiva en el mercado doméstico, sin que mejoren de modo significativo las condiciones de acceso de los países del MERCOSUR a esos grandes mercados de consumo, al menos en relación con los países fuertemente exportadores de textiles. Por último, tal como ya ha venido sucediendo, el empeoramiento sucesivo de las condiciones internacionales, en un marco de acentuadas distorsiones competitivas en el MERCOSUR, puede impulsar una conducta particularmente agresiva de la industria textil brasileña sobre el mercado argentino.

Al momento de la elaboración de la investigación y del informe mismo, se había estimado una brecha importante entre la demanda real y la demanda potencial dirigida al CTA, comparando los niveles de consumo observados con los registrados en el pico máximo previo a la recesión iniciada a finales de los años noventa; esta evidencia llevaba a afirmar que había todavía un margen de crecimiento importante en el mercado interno y que, si la producción local no satisfacía esa mayor demanda potencial, las importaciones podrían encontrar un nuevo impulso. Lo observado en los últimos meses revela que una parte importante de esa brecha de consumo ha sido recorrida y cerrada durante el 2004, al tiempo que confirma la hipótesis de nuevas y crecientes importaciones sustitutivas de la potencial oferta local. En este marco, las conclusiones de este informe sobre la necesidad de dinamizar el proceso de inversión, si se pretende retener una parte sustantiva de la capacidad productiva textil, resultan todavía más perentorias.

Se está, por lo tanto, frente al caso de un complejo productivo y empresarial bastante desarticulado, con serios déficit en sus eslabonamientos físicos y en su tramado social e institucional, que afectan fuertemente su desempeño agregado y la propia evolución de las empresas. Considerando que la recreación paulatina de la red puede devenir en la generalización de mejoras competitivas, esta perspectiva debe ser incorporada con fuerza en el diseño de las políticas. Una política pública para el sector debería tener como objetivo el paulatino replanteo de su competitividad sobre la base de mejoras sustantivas de la trama textil en su conjunto. Se trataría, en tal caso, de identificar y poner en funcionamiento una serie de estímulos que alienten “construcciones sociales” de esta naturaleza y, en el extremo opuesto, desalienten los “atajos” para acceder a ganancias insostenibles tanto temporal como socialmente. Este enfoque supone un realineamiento de los múltiples incentivos actuales a efectos de la generación de formas de funcionamiento individual y colectivo sustentables en el marco de los escenarios descritos.

Al efecto de garantizar la máxima eficacia de políticas para el sector, deberían articularse instrumentos y recursos de financiamiento disponibles en fuentes públicas nacionales e internacionales y establecerse un marco institucional de gestión de la misma que asegure operatividad, transparencia y eficiencia. Para ello, debería asegurarse la participación conjunta del sector privado y el sector público en las instancias de selección, decisión y supervisión de los proyectos. Asimismo, deberían definirse estrictamente los posibles beneficiarios, el plazo de vigencia de los incentivos, los compromisos de contrapartida por parte de las empresas y las sanciones en caso de incumplimiento de los compromisos asumidos.

Revista BASE TEXTIL

~ por chulavistadigital en 22 junio 2009.

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