El maquillaje: historia, significado, simbología y técnica.

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Maquillaje… La primera visión que despierta este nombre es la que ha promovido la industria cosmética. De hecho, inmediatamente pensamos en colores y cremas aplicados en la piel para modificar su aspecto, realzando las facciones o caracterizándolas por motivos rituales o dramáticos. En la vida cotidiana, todo maquillaje subraya la originalidad de quien lo usa, oculta sus defectos físicos, y a la vez, le sirve como lenguaje no verbal. ¿Pero es dicha práctica un fenómeno reciente? ¿O más bien se trata de algo que acompaña al ser humano desde la noche de los tiempos? El poder de la sombra de ojos

GUZMÁN URRERO PEÑA | 10 de enero de 2009

Esta es una versión expandida de varios estudios anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que escribí entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene algunas reflexiones y referencias que publiqué en los libros Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006). Publicado en Cine y Letras, Revista de cultura y tendencias,  http://www.guzmanurrero.es

El significado social del maquillaje queda puesto en evidencia en multitud de manifestaciones públicas de la cultura contemporánea. La publicidad de cosméticos realizada a lo largo del siglo XX y en estos inicios del XXI incide en un tipo de mensaje que, pese a su constante reiteración, parece no perder eficacia a la hora de promover ciertas prácticas.

He aquí una obviedad: las imágenes promocionales de modelos reflejándose en espejos, o despertando la atención de admiradores, son más atractivas por el modo en que sus facciones son embellecidas por el maquillaje. Tanto el espejo como la mirada ajena sirven para enfatizar un comportamiento que oscila entre el narcisismo y la constante voluntad de seducir a los demás.

De estos planteamientos parece haberse generalizado un prejuicio sobre el maquillaje: que éste limita su función al puro afán de belleza. Sin embargo, el hecho de aplicar productos en la piel para modificar colores y texturas no es exclusivo de las sociedades más avanzadas.

Antes al contrario, el enorme repertorio comunicativo del maquillaje tiene un carácter universal, y puede emplearse para agradar, pero también para inspirar temor.

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Simbolismo social del maquillaje

Desde un punto de vista antropológico, el maquillaje posee dos funciones esenciales. Por un lado, es una forma de adornar el rostro u otras partes del cuerpo para identificar al individuo como miembro de un grupo o tribu.

Por consiguiente, no hay grandes diferencias entre una joven occidental que sigue la moda y colorea sus ojos según ese patrón coyuntural, y la pobladora de la selva ecuatorial que tiñe su rostro con pigmentos vegetales.

Ambas están declarando, mediante esos colores, que pertenecen a una determinada sociedad. En su lenguaje corporal, resaltan que su identidad forma parte de un grupo capaz de crear modas específicas o de adornar su piel con ciertas tonalidades originales.

Por otra parte, el maquillaje sirve para resaltar la individualidad dentro de ese grupo específico. Los colores del maquillaje son un símbolo de status.

Por ejemplo, cuando un indio txucahamei del Brasil se maquilla, da testimonio de su condición de guerrero: con el rostro teñido de rojo intenso y negro comunica que es hombre, que pertenece a la tribu, que está en edad de luchar y que ha sido iniciado en ciertos misterios religiosos; en suma, que ha alcanzado cierto rango social del cual es distintivo el diseño de su cara.

lgo muy semejante ocurre con las tribus urbanas en las grandes ciudades europeas. Los jóvenes que se integran en esos grupos pueden maquillarse de un modo determinado, identificándose como miembros de esa colectividad y, ante todo, manifestando su rebeldía frente al aspecto uniforme que caracteriza a sus conciudadanos, menos rebeldes y atrevidos en su atuendo.

Su maquillaje comunica, en cierto sentido, toda su filosofía de la existencia.

De esas dos utilidades básicas del maquillaje –pertenencia al grupo y diferenciación individual– se derivan otras funciones, que están condicionadas por las prioridades establecidas en cada sistema social.

Si, como ocurre hoy en Occidente, la juventud es un valor indiscutible, muchos individuos se maquillarán para ocultar los estragos del envejecimiento en su piel.

En el caso de rituales simbólicos, los maquillajes se emplearán para definir ritos de iniciación, como sucede con la pintura blanca que se aplican los aborígenes australianos .

Cuando el rito tiene como fin la ruptura temporal de las convenciones sociales, el maquillaje se convierte en un estridente sistema de comunicación, alejado de todo gregarismo, como ocurre en los carnavales.

Y, finalmente, cuando la actividad social tiene por fin la dramatización de algún hecho, los individuos caracterizan sus facciones para encarnar otras personalidades. Así sucede, por ejemplo, en ciertas danzas folklóricas o en las representaciones teatrales.

l maquillaje se usa siempre para realzar ciertos gestos que es necesario enfatizar por motivos comunicativos. El guerrero papú de Nueva Guinea o el indio sioux de Norteamérica emplean, antes de enfrentarse al enemigo, pinturas que acentúan sus rasgos más temibles, haciendo de su cara un mensaje amenazador.

La modelo de alta costura delinea sus párpados para ofrecer una mirada más expresiva y deseable.

El anacoreta hindú que haya sido iniciado en sus misterios religiosos, decora su frente con motivos que expresan su status espiritual.

Una actriz que debe personificar a una seductora, se pinta sus labios con un rojo muy vivo, que sirve de incitación erótica.

En definitiva, todos ellos emplean los cosméticos para entrar en sociedad y, sin necesidad de palabras, hacer comprender a sus semejantes determinadas peculiaridades de sí mismos.

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Historia del maquillaje

Tal y como se deriva de la observación de grupos sociales con una mínima tecnificación (los aborígenes australianos, los bosquimanos surafricanos o los yanomamis de las selvas venezolanas), el maquillaje parece haber estado presente en las relaciones humanas desde la prehistoria.

Los primeros pigmentos aplicados en la piel seguramente tuvieron la misma utilidad que las máscaras, es decir, sirvieron para adoptar ciertas personalidades en ritos propiciatorios o iniciáticos.

A ese carácter mágico fue añadiéndose un deseo de belleza que también parece ligado a la personalidad humana desde tiempos remotos. Pinturas de origen vegetal y mineral fueron empleadas para teñir determinadas zonas del rostro, resaltando la feminidad o masculinidad, el status social o el papel desempeñado en determinadas ceremonias.

Los hombres y mujeres de la civilización egipcia fueron conocidos por su refinado uso de los cosméticos, puesto en evidencia en las diversas muestras de su arte, particularmente en los retratos de los faraones que aún se conservan. Como en otras culturas, la henna se empleó para colorear las uñas, a lo que hay que añadir un preparado de antimonio que servía para dibujar el característico perfil azul visible en los párpados de los faraones.

Ese deseo de delinear los párpados también fue habitual en los antiguos reinos de la India, donde las mujeres recurrieron a la alheña para teñir de rojo sus dedos, las plantas de sus pies y determinadas zonas de sus rostros.

Los avances egipcios en el campo de la cosmética tuvieron su prolongación entre los romanos. Este refinamiento de las civilizaciones antiguas contrasta con la extrema seriedad del Medievo cristiano, que limitó de forma extraordinaria los afeites para el embellecimiento artificial.

No ocurría lo mismo en lugares como Japón, donde las mujeres blanqueaban sus rostros, teñían de negro sus dentaduras, depilaban completamente sus cejas y empolvaban sus nucas, en una muestra sofisticada del maquillaje usado entre la jerarquía dominante de aquel país.

Sin embargo, el uso de polvos para aclarar la piel no fue exclusivo de Oriente. La práctica de blanquearse el rostro, de moda en la Europa del siglo XVIII, tenía como propósito mostrar el nivel social de las personas, pues sólo aquellos individuos que realizaban trabajos manuales sufrían el efecto de los rayos solares, en tanto que la buena sociedad conservaba la palidez.

En el París anterior a la Revolución Francesa se dio asimismo el dibujo de lunares falsos, que podían determinar ciertos mensajes según el lugar en que fueran situados.

Este tipo de prácticas, a veces extravagantes, fue atenuándose, aunque la palidez continuó siendo identificada con belleza femenina hasta comienzos del siglo XX.

Fue en la década de los veinte cuando el vestuario de la mujer cambió de forma radical, y también lo hizo el maquillaje, dando lugar a prácticas como el depilado de las cejas o el uso cada vez mayor de pintalabios.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la emancipación de la mujer favoreció la progresiva aparición de maquillajes más personales y atrevidos, siguiendo, en lo sucesivo, las modas de cada momento.

Además, una mayor expresividad y la paulatina desaparición de ciertos convencionalismos sociales propiciaron el desenvolvimiento de nuevos diseños, nuevas coloraciones, más acordes con el tipo femenino impuesto a partir de la década de los sesenta.

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La industria del maquillaje

Una mayor importancia del aspecto físico y el auge de la industria cosmética han implantado, en el transcurso del siglo XX, formas de presentarse en sociedad que sólo pueden darse en sociedades acomodadas, donde el ocio y el bienestar económico permiten esa preocupación casi obsesiva por la belleza.

La constante aparición de nuevos productos cambia cada temporada los recursos cosméticos al alcance de unos consumidores que, novedosamente, ya no son sólo mujeres.

El hombre también se convierte en usuario de estos productos, aumentando así el margen de beneficio de sus empresas fabricantes.

Aunque la fabricación a gran escala de los cosméticos se remonta a la Revolución Industrial, su verdadero auge económico llega a partir de la década de los cuarenta del siglo XX, cuando la publicidad incide en la necesidad de embellecer el aspecto físico.

Durante esos años, compañías como Lux realizan campañas publicitarias en todo el mundo donde aparecen estrellas de Hollywood como Bette Davis, Kay Francis o Dorothy Lamour recomendando sus jabones de tocador.

Otras actrices hacen lo propio con pintalabios o variedades de colorete, inaugurando así una práctica publicitaria que prosigue hasta el momento actual, recurriendo cada marca a las actrices o modelos más conocidas de cada momento.

La promoción siempre se fundamenta en la idea de emulación, pues si la actriz consigue buenos resultados con el producto y ello contribuye a mantener su condición de estrella, el resto de usuarias pueden imitarla y tratar de parecérsele (se puede mencionar en este sentido la eficaz campaña desempeñada en los noventa por la firma Max Factor, apoyándose en los maquilladores de Hollywood).

En su mayoría, las compañías de fabricación de maquillajes son multinacionales. Empresas como Max Factor, Margaret Astor, Clarins, L’Oréal, Clinique, Lancôme y Estée Lauder tienen delegaciones en numerosos países, lo que permite una mayor diversificación de su gama de productos y una promoción y comercialización más eficaces

Incluso aquellas firmas con menor implantación internacional, como ocurre con Shiseido y Kanebo, de origen japonés, han realizado fuertes inversiones para consolidarse en el mercado exterior, ya que el maquillaje es un mercado global y sólo con planteamientos a gran escala es posible entrar en competencia con marcas ya consolidadas.

Por esa razón, las campañas publicitarias tienen una importancia esencial en la estrategia de estas marcas. Es relativamente frecuente que para los anuncios en televisión y prensa se contrate en exclusiva a determinado personaje.

Asimismo, las firmas de alta costura han sabido aprovechar el potencial publicitario de sus marcas respectivas en la venta de productos de maquillaje y perfumería. De este modo, en los movimientos económicos de compañías como Chanel, Christian Dior e Yves Saint Laurent tienen un protagonismo fundamental sus divisiones comerciales y empresas filiales dedicadas a la fabricación y venta de productos de maquillaje.

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Técnica del maquillaje

El maquillaje busca favorecer las facciones, por lo que acentuará ciertos rasgos y atenuará otros. En la mujer, procurará engrandecer los ojos y empequeñecer la nariz, pues ambos detalles son tenidos por bellos en la sociedad occidental.

Presentando en diversas texturas, que van del polvo compacto al líquido, el uso del maquillaje requiere una especial técnica.

Dejando a un lado las prácticas de caracterización dramática, los elementos básicos de una sesión de maquillaje son los siguientes: limpieza e hidratación del cutis, aplicación de la base de maquillaje o fond de teint, uso de polvos para eliminar los posibles brillos, sombreado de los párpados en dos o más tonos de color comenzando por el más claro hacia las pestañas, aplicación de una máscara negra o de otro color para las pestañas, difuminado del colorete en las mejillas, uso de lápices o pinceles delineadores que resalten los perfiles de labios, cejas y ojos (eye liner), y, por último, empleo de la barra de labios en una o más tonalidades.

Lógicamente, se trata aquí del maquillaje femenino, pues en el caso de ser hombres los maquillados, el proceso se vería reducido sensiblemente.

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El maquillaje teatral

esde que quedaron en desuso las máscaras, el empleo del maquillaje en el teatro realista ha perseguido dos objetivos fundamentales a lo largo de su historia: la caracterización del actor para que se asemeje lo más posible al personaje que interpreta, y la visibilidad de esa caracterización desde el patio de butacas.

Por ese doble motivo, la estilización de los rasgos ha sido, desde antiguo, el elemento característico del maquillaje teatral. Apliques, prótesis y postizos, unidos a diversas pinturas, fueron los puntos clave de estos procedimientos.

Con el tiempo, materiales como el látex han ido incorporándose al repertorio de materiales utilizables.

En el caso de las funciones circenses, el maquillaje de los payasos pretende caricaturizar los rasgos de forma cómica, perpetuando ciertos modelos físicos que tienen su origen en la Comedia del Arte italiana.

La ópera china y el teatro kabuki japonés también recurren a coloristas maquillajes, cuyas convenciones se remontan a los orígenes de ese tipo de montajes.

Por su parte, la ópera occidental cuenta asimismo con maquillajes característicos, que conservan la tradición de ciertas figuras.

Tales son los casos de Mefistófeles en la ópera homónima de Arrigo Boito, y de los personajes principales de Turandot, de Giacomo Puccini.

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El maquillaje cinematográfico y televisivo

omo hemos visto, la aplicación de cosméticos para caracterizar a los actores llegó a importantes avances en el teatro. Sin embargo, es en el cine donde estas prácticas han alcanzado un mayor desarrollo, debido al verismo que exige la presencia de los intérpretes ante las cámaras.

Los especialistas en esta materia tienen bajo su responsabilidad complejos trucajes de cambio de edad o de rasgos, pero su labor más frecuente es proporcionar naturalidad al rostro de los actores, ocultando las posibles imperfecciones de su piel y procurando que los tonos empleados se ajusten a las necesidades de la fotografía y la iluminación, que no fueron óptimas hasta la llegada del technicolor.

Profesionales como Lon Chaney, Cecil Holland, Jack Dawn y George Bau se han destacado en este tipo de métodos, enriquecidos sensiblemente con el uso de materiales como el látex.

En cuanto a la televisión, al margen de las producciones dramáticas, el maquillaje es un procedimiento imprescindible, pues la iluminación intensa palidece el tono de la piel y es preciso oscurecerlo, para que adquiera una tonalidad natural en la pequeña pantalla y conserve la línea de las facciones.

Los efectos especiales de maquillaje

El maquillaje teatral empleado a fines del siglo XIX fue el antecedente inmediato del utilizado en el cine. Sin embargo, la distancia existente entre el patio de butacas y el escenario no era la misma que la que separaba al actor de la cámara. Los primeros planos precisaban un trabajo más minucioso y realista.

Procesos de envejecimiento y rasgos característicos, así como heridas, fueron la primera ocupación de los pioneros de esta actividad, convertidos generalmente en investigadores a la busca de nuevos materiales que facilitaran su labor.

El actor Lon Chaney, apodado “el hombre de las mil caras”, se hizo famoso en el primer cuarto de siglo gracias a sus cuidadas y sorprendentes caracterizaciones.

Han pasado a la leyenda del cine el esforzado trabajo de maquillaje que desarrolló en películas como El jorobado de Nuestra Señora (1923) y El fantasma de la ópera (1925).

Para elaborar esos efectos empleaba preferentemente materiales como el algodón, la goma y el colodión flexible. La disponibilidad de materiales fue la misma para otros famosos creadores, como Cecil Holland, el maquillador de Boris Karloff en La máscara de Fu-Manchú (1932); Jack Pierce, responsable de los efectos de maquillaje de El doctor Frankenstein (1931), La monia (1932) y El lobo humano (1935); y Jack Dawn, caracterizador de los personajes de El mago de Oz (1939).

Maquilladores posteriores, como George y Gordon Bau, contaron con el decisivo recurso de la espuma de látex, un material más sencillo de emplear, más ligero y menos dañino para la piel de los actores. Perc Westmore, Clay Campbell y Ben Nye desarrollaron en sus trabajos el modelado de este producto. Uno de los resultados más llamativos del látex fueron las numerosas máscaras de simios que John Chambers elaboró para El planeta de los simios (1968).

Siguiendo el ejemplo de Pierce, surgieron nuevos profesionales que se dedicaron al diseño de trucos de maquillaje para dar vida a las más increíbles criaturas. Destacan en este sentido Clay Campbell, Ben Nye, John Chambers, Chris Tucker, Dick Smith, Rick Baker y Stan Winston, entre otros muchos.

Sin duda alguna, el látex supuso una auténtica revolución en el campo de los efectos de maquillaje, facilitando creaciones cada vez más complicadas. A partir de los años 80 los especialistas alcanzaron un mayor reconocimiento. Chris Tucker alcanzó un sonoro éxito con su tarea en El hombre elefante (1981), Dick Smith fue el maquillador de Amadeus (1984) y Rick Baker se dio a conocer con el extraordinario maquillaje de Un hombre lobo americano en Londres (1981).

Baker, un constante investigador en su trabajo, fue uno de los primeros en combinar efectos mecánicos y trucos de maquillaje. Así le fue posible crear, por ejemplo, los complicados primates de Gorilas en la niebla (1988). La intervención de la robótica en los efectos de maquillaje permitió la elaboración de criaturas con diversos puntos de movilidad.

Otro de los maestros en este campo es Rob Bottin, maquillador y técnico de efectos en Legend (1985), Robocop (1987) y Desafío total (1990).

Las criaturas elaboradas con este tipo de técnicas reciben el nombre de “animatrónicos”. Los más conocidos, sin duda alguna, son los extraterrestres protagonistas de Alien, el octavo pasajero (1978) y E.T., el extraterrestre (1982), ambos elaborados por el equipo de Carlo Rambaldi.

El maquillador Stan Winston llevó ese tipo de trucajes hasta una nueva frontera en Aliens, el regreso (1986) y Parque Jurásico (1993).

El uso de diversos tipos de prótesis, la escultura en látex y la tecnología a distancia han ido permitiendo mayores alardes, dándose el caso de efectos de maquillaje combinados con marionetas movidas por control remoto (la citadas criaturas animatrónicas) que consiguen una casi ilimitada gama de posibilidades en este campo.

No obstante, el mayor avance técnico de la década de los noventa viene dado por el uso de trucos digitales que modifican ciertas caracterizaciones. Así ocurre en películas como La máscara (1994), donde el personaje central, maquillado como una calavera verde, se distorsiona como un dibujo animado gracias a las computadoras.

El cine digital del siglo XXI lleva aún más allá esta posibilidad. Con la opción de manipular tonos y texturas en la consola de montaje, los realizadores pueden variar el aspecto de cada actor sin necesidad de que éste deba aplicarse maquillaje alguno.

HISTORIA DEL MAQUILLAJE

El poder de la sombra de ojos

Maquillaje… La primera visión que despierta este nombre es la que ha promovido la industria cosmética. De hecho, inmediatamente pensamos en colores y cremas aplicados en la piel para modificar su aspecto, realzando las facciones o caracterizándolas por motivos rituales o dramáticos. En la vida cotidiana, todo maquillaje subraya la originalidad de quien lo usa, oculta sus defectos físicos, y a la vez, le sirve como lenguaje no verbal. ¿Pero es dicha práctica un fenómeno reciente? ¿O más bien se trata de algo que acompaña al ser humano desde la noche de los tiempos?

GUZMÁN URRERO PEÑA | 10 de enero de 2009

Esta es una versión expandida de varios estudios anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que escribí entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene algunas reflexiones y referencias que publiqué en los libros Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006).

Asimismo en http://www.cineyletras.es: Historia del diseño gráfico (I), Historia de los cómics e Historia del cartel y el cartelismo.

l significado social del maquillaje queda puesto en evidencia en multitud de manifestaciones públicas de la cultura contemporánea. La publicidad de cosméticos realizada a lo largo del siglo XX y en estos inicios del XXI incide en un tipo de mensaje que, pese a su constante reiteración, parece no perder eficacia a la hora de promover ciertas prácticas.

He aquí una obviedad: las imágenes promocionales de modelos reflejándose en espejos, o despertando la atención de admiradores, son más atractivas por el modo en que sus facciones son embellecidas por el maquillaje. Tanto el espejo como la mirada ajena sirven para enfatizar un comportamiento que oscila entre el narcisismo y la constante voluntad de seducir a los demás.

De estos planteamientos parece haberse generalizado un prejuicio sobre el maquillaje: que éste limita su función al puro afán de belleza. Sin embargo, el hecho de aplicar productos en la piel para modificar colores y texturas no es exclusivo de las sociedades más avanzadas.

Antes al contrario, el enorme repertorio comunicativo del maquillaje tiene un carácter universal, y puede emplearse para agradar, pero también para inspirar temor.

Simbolismo social del maquillaje

esde un punto de vista antropológico, el maquillaje posee dos funciones esenciales. Por un lado, es una forma de adornar el rostro u otras partes del cuerpo para identificar al individuo como miembro de un grupo o tribu.

Por consiguiente, no hay grandes diferencias entre una joven occidental que sigue la moda y colorea sus ojos según ese patrón coyuntural, y la pobladora de la selva ecuatorial que tiñe su rostro con pigmentos vegetales.

Ambas están declarando, mediante esos colores, que pertenecen a una determinada sociedad. En su lenguaje corporal, resaltan que su identidad forma parte de un grupo capaz de crear modas específicas o de adornar su piel con ciertas tonalidades originales.

Por otra parte, el maquillaje sirve para resaltar la individualidad dentro de ese grupo específico. Los colores del maquillaje son un símbolo de status.

Por ejemplo, cuando un indio txucahamei del Brasil se maquilla, da testimonio de su condición de guerrero: con el rostro teñido de rojo intenso y negro comunica que es hombre, que pertenece a la tribu, que está en edad de luchar y que ha sido iniciado en ciertos misterios religiosos; en suma, que ha alcanzado cierto rango social del cual es distintivo el diseño de su cara.

lgo muy semejante ocurre con las tribus urbanas en las grandes ciudades europeas. Los jóvenes que se integran en esos grupos pueden maquillarse de un modo determinado, identificándose como miembros de esa colectividad y, ante todo, manifestando su rebeldía frente al aspecto uniforme que caracteriza a sus conciudadanos, menos rebeldes y atrevidos en su atuendo.

Su maquillaje comunica, en cierto sentido, toda su filosofía de la existencia.

De esas dos utilidades básicas del maquillaje –pertenencia al grupo y diferenciación individual– se derivan otras funciones, que están condicionadas por las prioridades establecidas en cada sistema social.

Si, como ocurre hoy en Occidente, la juventud es un valor indiscutible, muchos individuos se maquillarán para ocultar los estragos del envejecimiento en su piel.

En el caso de rituales simbólicos, los maquillajes se emplearán para definir ritos de iniciación, como sucede con la pintura blanca que se aplican los aborígenes australianos.

Cuando el rito tiene como fin la ruptura temporal de las convenciones sociales, el maquillaje se convierte en un estridente sistema de comunicación, alejado de todo gregarismo, como ocurre en los carnavales.

Y, finalmente, cuando la actividad social tiene por fin la dramatización de algún hecho, los individuos caracterizan sus facciones para encarnar otras personalidades. Así sucede, por ejemplo, en ciertas danzas folklóricas o en las representaciones teatrales.

l maquillaje se usa siempre para realzar ciertos gestos que es necesario enfatizar por motivos comunicativos. El guerrero papú de Nueva Guinea o el indio sioux de Norteamérica emplean, antes de enfrentarse al enemigo, pinturas que acentúan sus rasgos más temibles, haciendo de su cara un mensaje amenazador.

La modelo de alta costura delinea sus párpados para ofrecer una mirada más expresiva y deseable.

El anacoreta hindú que haya sido iniciado en sus misterios religiosos, decora su frente con motivos que expresan su status espiritual.

Una actriz que debe personificar a una seductora, se pinta sus labios con un rojo muy vivo, que sirve de incitación erótica.

En definitiva, todos ellos emplean los cosméticos para entrar en sociedad y, sin necesidad de palabras, hacer comprender a sus semejantes determinadas peculiaridades de sí mismos.

Historia del maquillaje

al y como se deriva de la observación de grupos sociales con una mínima tecnificación (los aborígenes australianos, los bosquimanos surafricanos o los yanomamis de las selvas venezolanas), el maquillaje parece haber estado presente en las relaciones humanas desde la prehistoria.

Los primeros pigmentos aplicados en la piel seguramente tuvieron la misma utilidad que las máscaras, es decir, sirvieron para adoptar ciertas personalidades en ritos propiciatorios o iniciáticos.

A ese carácter mágico fue añadiéndose un deseo de belleza que también parece ligado a la personalidad humana desde tiempos remotos. Pinturas de origen vegetal y mineral fueron empleadas para teñir determinadas zonas del rostro, resaltando la feminidad o masculinidad, el status social o el papel desempeñado en determinadas ceremonias.

Los hombres y mujeres de la civilización egipcia fueron conocidos por su refinado uso de los cosméticos, puesto en evidencia en las diversas muestras de su arte, particularmente en los retratos de los faraones que aún se conservan. Como en otras culturas, la henna se empleó para colorear las uñas, a lo que hay que añadir un preparado de antimonio que servía para dibujar el característico perfil azul visible en los párpados de los faraones.

Ese deseo de delinear los párpados también fue habitual en los antiguos reinos de la India, donde las mujeres recurrieron a la alheña para teñir de rojo sus dedos, las plantas de sus pies y determinadas zonas de sus rostros.

os avances egipcios en el campo de la cosmética tuvieron su prolongación entre los romanos. Este refinamiento de las civilizaciones antiguas contrasta con la extrema seriedad del Medievo cristiano, que limitó de forma extraordinaria los afeites para el embellecimiento artificial.

No ocurría lo mismo en lugares como Japón, donde las mujeres blanqueaban sus rostros, teñían de negro sus dentaduras, depilaban completamente sus cejas y empolvaban sus nucas, en una muestra sofisticada del maquillaje usado entre la jerarquía dominante de aquel país.

Sin embargo, el uso de polvos para aclarar la piel no fue exclusivo de Oriente. La práctica de blanquearse el rostro, de moda en la Europa del siglo XVIII, tenía como propósito mostrar el nivel social de las personas, pues sólo aquellos individuos que realizaban trabajos manuales sufrían el efecto de los rayos solares, en tanto que la buena sociedad conservaba la palidez.

En el París anterior a la Revolución Francesa se dio asimismo el dibujo de lunares falsos, que podían determinar ciertos mensajes según el lugar en que fueran situados.

Este tipo de prácticas, a veces extravagantes, fue atenuándose, aunque la palidez continuó siendo identificada con belleza femenina hasta comienzos del siglo XX.

Fue en la década de los veinte cuando el vestuario de la mujer cambió de forma radical, y también lo hizo el maquillaje, dando lugar a prácticas como el depilado de las cejas o el uso cada vez mayor de pintalabios.

ras la Segunda Guerra Mundial, la emancipación de la mujer favoreció la progresiva aparición de maquillajes más personales y atrevidos, siguiendo, en lo sucesivo, las modas de cada momento.

Además, una mayor expresividad y la paulatina desaparición de ciertos convencionalismos sociales propiciaron el desenvolvimiento de nuevos diseños, nuevas coloraciones, más acordes con el tipo femenino impuesto a partir de la década de los sesenta.

La industria del maquillaje

na mayor importancia del aspecto físico y el auge de la industria cosmética han implantado, en el transcurso del siglo XX, formas de presentarse en sociedad que sólo pueden darse en sociedades acomodadas, donde el ocio y el bienestar económico permiten esa preocupación casi obsesiva por la belleza.

La constante aparición de nuevos productos cambia cada temporada los recursos cosméticos al alcance de unos consumidores que, novedosamente, ya no son sólo mujeres.

El hombre también se convierte en usuario de estos productos, aumentando así el margen de beneficio de sus empresas fabricantes.

Aunque la fabricación a gran escala de los cosméticos se remonta a la Revolución Industrial, su verdadero auge económico llega a partir de la década de los cuarenta del siglo XX, cuando la publicidad incide en la necesidad de embellecer el aspecto físico.

Durante esos años, compañías como Lux realizan campañas publicitarias en todo el mundo donde aparecen estrellas de Hollywood como Bette Davis, Kay Francis o Dorothy Lamour recomendando sus jabones de tocador.

Otras actrices hacen lo propio con pintalabios o variedades de colorete, inaugurando así una práctica publicitaria que prosigue hasta el momento actual, recurriendo cada marca a las actrices o modelos más conocidas de cada momento.

a promoción siempre se fundamenta en la idea de emulación, pues si la actriz consigue buenos resultados con el producto y ello contribuye a mantener su condición de estrella, el resto de usuarias pueden imitarla y tratar de parecérsele (se puede mencionar en este sentido la eficaz campaña desempeñada en los noventa por la firma Max Factor, apoyándose en los maquilladores de Hollywood).

En su mayoría, las compañías de fabricación de maquillajes son multinacionales. Empresas como Max Factor, Margaret Astor, Clarins, L’Oréal, Clinique, Lancôme y Estée Lauder tienen delegaciones en numerosos países, lo que permite una mayor diversificación de su gama de productos y una promoción y comercialización más eficaces.

Incluso aquellas firmas con menor implantación internacional, como ocurre con Shiseido y Kanebo, de origen japonés, han realizado fuertes inversiones para consolidarse en el mercado exterior, ya que el maquillaje es un mercado global y sólo con planteamientos a gran escala es posible entrar en competencia con marcas ya consolidadas.

Por esa razón, las campañas publicitarias tienen una importancia esencial en la estrategia de estas marcas. Es relativamente frecuente que para los anuncios en televisión y prensa se contrate en exclusiva a determinado personaje.

Asimismo, las firmas de alta costura han sabido aprovechar el potencial publicitario de sus marcas respectivas en la venta de productos de maquillaje y perfumería. De este modo, en los movimientos económicos de compañías como Chanel, Christian Dior e Yves Saint Laurent tienen un protagonismo fundamental sus divisiones comerciales y empresas filiales dedicadas a la fabricación y venta de productos de maquillaje.

Técnica del maquillaje

l maquillaje busca favorecer las facciones, por lo que acentuará ciertos rasgos y atenuará otros. En la mujer, procurará engrandecer los ojos y empequeñecer la nariz, pues ambos detalles son tenidos por bellos en la sociedad occidental.

Presentando en diversas texturas, que van del polvo compacto al líquido, el uso del maquillaje requiere una especial técnica.

Dejando a un lado las prácticas de caracterización dramática, los elementos básicos de una sesión de maquillaje son los siguientes: limpieza e hidratación del cutis, aplicación de la base de maquillaje o fond de teint, uso de polvos para eliminar los posibles brillos, sombreado de los párpados en dos o más tonos de color comenzando por el más claro hacia las pestañas, aplicación de una máscara negra o de otro color para las pestañas, difuminado del colorete en las mejillas, uso de lápices o pinceles delineadores que resalten los perfiles de labios, cejas y ojos (eye liner), y, por último, empleo de la barra de labios en una o más tonalidades.

Lógicamente, se trata aquí del maquillaje femenino, pues en el caso de ser hombres los maquillados, el proceso se vería reducido sensiblemente.

El maquillaje teatral

esde que quedaron en desuso las máscaras, el empleo del maquillaje en el teatro realista ha perseguido dos objetivos fundamentales a lo largo de su historia: la caracterización del actor para que se asemeje lo más posible al personaje que interpreta, y la visibilidad de esa caracterización desde el patio de butacas.

Por ese doble motivo, la estilización de los rasgos ha sido, desde antiguo, el elemento característico del maquillaje teatral. Apliques, prótesis y postizos, unidos a diversas pinturas, fueron los puntos clave de estos procedimientos.

Con el tiempo, materiales como el látex han ido incorporándose al repertorio de materiales utilizables.

En el caso de las funciones circenses, el maquillaje de los payasos pretende caricaturizar los rasgos de forma cómica, perpetuando ciertos modelos físicos que tienen su origen en la Comedia del Arte italiana.

a ópera china y el teatro kabuki japonés también recurren a coloristas maquillajes, cuyas convenciones se remontan a los orígenes de ese tipo de montajes.

Por su parte, la ópera occidental cuenta asimismo con maquillajes característicos, que conservan la tradición de ciertas figuras.

Tales son los casos de Mefistófeles en la ópera homónima de Arrigo Boito, y de los personajes principales de Turandot, de Giacomo Puccini.

El maquillaje cinematográfico y televisivo

omo hemos visto, la aplicación de cosméticos para caracterizar a los actores llegó a importantes avances en el teatro. Sin embargo, es en el cine donde estas prácticas han alcanzado un mayor desarrollo, debido al verismo que exige la presencia de los intérpretes ante las cámaras.

Los especialistas en esta materia tienen bajo su responsabilidad complejos trucajes de cambio de edad o de rasgos, pero su labor más frecuente es proporcionar naturalidad al rostro de los actores, ocultando las posibles imperfecciones de su piel y procurando que los tonos empleados se ajusten a las necesidades de la fotografía y la iluminación, que no fueron óptimas hasta la llegada del technicolor.

Profesionales como Lon Chaney, Cecil Holland, Jack Dawn y George Bau se han destacado en este tipo de métodos, enriquecidos sensiblemente con el uso de materiales como el látex.

En cuanto a la televisión, al margen de las producciones dramáticas, el maquillaje es un procedimiento imprescindible, pues la iluminación intensa palidece el tono de la piel y es preciso oscurecerlo, para que adquiera una tonalidad natural en la pequeña pantalla y conserve la línea de las facciones.

Los efectos especiales de maquillaje

l maquillaje teatral empleado a fines del siglo XIX fue el antecedente inmediato del utilizado en el cine. Sin embargo, la distancia existente entre el patio de butacas y el escenario no era la misma que la que separaba al actor de la cámara. Los primeros planos precisaban un trabajo más minucioso y realista.

Procesos de envejecimiento y rasgos característicos, así como heridas, fueron la primera ocupación de los pioneros de esta actividad, convertidos generalmente en investigadores a la busca de nuevos materiales que facilitaran su labor.

El actor Lon Chaney, apodado “el hombre de las mil caras”, se hizo famoso en el primer cuarto de siglo gracias a sus cuidadas y sorprendentes caracterizaciones.

Han pasado a la leyenda del cine el esforzado trabajo de maquillaje que desarrolló en películas como El jorobado de Nuestra Señora (1923) y El fantasma de la ópera (1925).

Para elaborar esos efectos empleaba preferentemente materiales como el algodón, la goma y el colodión flexible. La disponibilidad de materiales fue la misma para otros famosos creadores, como Cecil Holland, el maquillador de Boris Karloff en La máscara de Fu-Manchú (1932); Jack Pierce, responsable de los efectos de maquillaje de El doctor Frankenstein (1931), La monia (1932) y El lobo humano (1935); y Jack Dawn, caracterizador de los personajes de El mago de Oz (1939).

aquilladores posteriores, como George y Gordon Bau, contaron con el decisivo recurso de la espuma de látex, un material más sencillo de emplear, más ligero y menos dañino para la piel de los actores. Perc Westmore, Clay Campbell y Ben Nye desarrollaron en sus trabajos el modelado de este producto. Uno de los resultados más llamativos del látex fueron las numerosas máscaras de simios que John Chambers elaboró para El planeta de los simios (1968).

Siguiendo el ejemplo de Pierce, surgieron nuevos profesionales que se dedicaron al diseño de trucos de maquillaje para dar vida a las más increíbles criaturas. Destacan en este sentido Clay Campbell, Ben Nye, John Chambers, Chris Tucker, Dick Smith, Rick Baker y Stan Winston, entre otros muchos.

Sin duda alguna, el látex supuso una auténtica revolución en el campo de los efectos de maquillaje, facilitando creaciones cada vez más complicadas. A partir de los años 80 los especialistas alcanzaron un mayor reconocimiento. Chris Tucker alcanzó un sonoro éxito con su tarea en El hombre elefante (1981), Dick Smith fue el maquillador de Amadeus (1984) y Rick Baker se dio a conocer con el extraordinario maquillaje de Un hombre lobo americano en Londres (1981).

Baker, un constante investigador en su trabajo, fue uno de los primeros en combinar efectos mecánicos y trucos de maquillaje. Así le fue posible crear, por ejemplo, los complicados primates de Gorilas en la niebla (1988). La intervención de la robótica en los efectos de maquillaje permitió la elaboración de criaturas con diversos puntos de movilidad.

Otro de los maestros en este campo es Rob Bottin, maquillador y técnico de efectos en Legend (1985), Robocop (1987) y Desafío total (1990).

as criaturas elaboradas con este tipo de técnicas reciben el nombre de “animatrónicos”. Los más conocidos, sin duda alguna, son los extraterrestres protagonistas de Alien, el octavo pasajero (1978) y E.T., el extraterrestre (1982), ambos elaborados por el equipo de Carlo Rambaldi.

El maquillador Stan Winston llevó ese tipo de trucajes hasta una nueva frontera en Aliens, el regreso (1986) y Parque Jurásico (1993).

El uso de diversos tipos de prótesis, la escultura en látex y la tecnología a distancia han ido permitiendo mayores alardes, dándose el caso de efectos de maquillaje combinados con marionetas movidas por control remoto (la citadas criaturas animatrónicas) que consiguen una casi ilimitada gama de posibilidades en este campo.

No obstante, el mayor avance técnico de la década de los noventa viene dado por el uso de trucos digitales que modifican ciertas caracterizaciones. Así ocurre en películas como La máscara (1994), donde el personaje central, maquillado como una calavera verde, se distorsiona como un dibujo animado gracias a las computadoras.

El cine digital del siglo XXI lleva aún más allá esta posibilidad. Con la opción de manipular tonos y texturas en la consola de montaje, los realizadores pueden variar el aspecto de cada actor sin necesidad de que éste deba aplicarse maquillaje alguno.

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~ por chulavistadigital en 17 julio 2009.

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